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domingo, 21 de febrero de 2016

Empezar a vivir.

      El sol brillaba en el cielo con más intensidad de lo que jamás lo había hecho; el canto de las aves parecía más armónico y natural que cualquier obra compuesta por Mozart o Beethoven; el mundo estaba vivo y María sentía el palpitar de su corazón por primera vez, aunque ya no procedía de una víscera, sino del interior de la tierra.
      No había buscado que sucediera y quizá la única razón por la que estaba relajada por primera vez desde hacía mucho tiempo era el grito pidiendo espacio que le había proferido a su hermana, haciéndola enfurecer, con los ojos húmedos. Momentos después, María salió de su casa con un nudo en la garganta y un torrente desbordándose de sus ojos. Algo iba a cambiar, por mucho que la realidad la hiciera pensar que seguía siendo ella misma.
      Durante aproximadamente una hora caminó sin rumbo por el centro de la ciudad, ignorando las continuas vibraciones de su teléfono y los ruidos de una avenida congestionada por el tráfico. Por eso tampoco escuchó el ruido del coche advirtiéndola que se apartara, pero lo oyó demasiado tarde. María cayó, inconsciente y con la cabeza cubierta de sangre, sobre el asfalto. Y el tráfico se detuvo de repente.
      Cuando despertó, estaba tumbada sobre una cama blanca, en una habitación pequeña, con las cortinas corridas, y conectada a una máquina que no dejaba de pitar. Le dolía todo el cuerpo, o eso creia. Trató de mover una pierna, pero el esfuerzo le fue tan duro que volvió a perder el sentido.
      Las dos semanas siguientes solo recordaría fragmentos aislados de luz en una gran oscuridad. Prefería dormir, o desfilar por una cuerda hacia la muerte, sin sentir, que regresar al mundo de los vivos y escuchar el llanto de su familia y el ininterrumpido pitido de la máquina que seguía atándola a la vida.
      No era que no quisiera vivir, solo que la muerte se le antojaba algo más placentera que la vida, en la que no reiría, pero su cuerpo tampoco se encogería de dolor.
      Estaba decidida.
      Ya no lloraría más, no volvería a discutir con su hermana, no la haría más daño...o acabaría inevitablemente con ella. Era su otra mitad, no soportaría vivir sin ella. Juntas formaban un único corazón. Si se separaban, ambas morirían desangradas. No podía hacerla aquello...le importaba demasiado.
      Abrió los ojos, sin importarle el dolor que la hizo retorcerse, porque, frente a ella, estaba sentada su hermana.
      Y el sol brillaba en el cielo con más intensidad de lo que jamás lo había hecho; el canto de las aves parecía más armónico y natural que cualquier obra compuesta por Mozart o Beethoven; el mundo estaba vivo y María sentía el palpitar de su corazón por primera vez, aunque ya no procedía de una víscera más, sino de la persona que había frente a ella.

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