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jueves, 10 de septiembre de 2015

Carta al tiempo

      En ocasiones me gustaría ser como un reproductor de música. Me gustaría tener un botón de pause, otro para retroceder a la velocidad que yo quiera y otro para avanzar. Estoy cansada de ser un reloj, de dejar que el tiempo pase siguiendo un compás marcado por alguien que no soy yo. Si la vida es mía, ¿por qué no iba a serlo mi tiempo?

      Es absurdo, lo sé, y ser coherente me cuesta un poco más cada día,  pero el ruido de las agujas de mi interior me confunde. Dicen que su ritmo es constante, como el sonido que emite el parche de un tambor cuando se golpea siguiendo una pauta. Y no es cierto. He visto pasar momentos en mi vida tan deprisa como estrellas fugaces, y ni siquiera he podido guardar un pequeño recuerdo. Momentos buenos y malos, no importa, eso sí, a la velocidad de un cometa. Y luego los lentos, los que les cuesta arrancar y más todavía no detenerse, aunque de esos conservo pocos. Mi mente tiende a acelerar el compás de los hechos para que aparezcan en un suspiro. Y no es que me moleste, sin embargo, tampoco me agrada.
      Y luego tratan de medir el tiempo, inocentes de ellos. Puedes decir que el segundo más aburrido de tu vida fueron 10 minutos que tú lo recordarás como dos largas horas en las que las manecillas del reloj se habían detenido. O el más confuso, ¿cuánto pasó? ¿Cuándo acabó? No lo piensas, porque sabes que realmente no importa, que no hará que el recuerdo suene menos confuso.
      Y luego están los errores, que el sistema que mueve el mundo se asegura de que no podamos corregir. Metemos la pata una vez y, por mucho que la próxima tratemos de hacerlo mejor, esa situación ya nos la hemos cargado. Y no va a a volver porque no podemos retroceder en el tiempo una vez aprendida la lección para cambiarlo. De hecho, a veces pienso que la mayor parte de las veces nos equivocamos y que, incluso cuando creemos acerar, no lo hemos hecho del todo. Y es injusto no poder hacer nada para evitarlo, para no tener que caminar a ciegas golpeándonos con la primera piedra que aparece en el camino. No es justo. ¡Quiero un botón de retroceder!
      ¿Y a quién se lo exijo? Ahí mi problema. No existe ningún libro de reclamaciones con el tiempo. No hay y eso me fastidia. Hacia quién mando mis quejas, ¿y mis ideas de mejora? Ninguna parte, por eso mi carta queda aquí, para que el tiempo la lea y quizá intente cambiarse, pero nadie puede cambiar lo que realmente es, y esa bomba de relojería que terminará estallando, tampoco.

4 comentarios:

  1. Estoy de acuerdo contigo ¿a quién podriamos reclamar?Me gusta la forma en que lo has escrito. Besiiitos.

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  2. Estoy de acuerdo contigo ¿a quién podriamos reclamar?Me gusta la forma en que lo has escrito. Besiiitos.

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  • Crónicas de la torre, Fenris, el elfo. Laura Gallego
  • Cuatro muertes para Lidia. Enrique Páez
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