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sábado, 20 de diciembre de 2014

LA COSTILLA DE EVA (parte 7)

              En un rato ya hemos llegado. En la puerta nos está esperando una señora de unos ochenta años con el pelo recogido en una larga trenza, que se sirve de un bastón para mantenerse en pie. Cuatro chicos salen del interior de la vivienda y se lanzan a los brazos de Peter, que cae al suelo.
            —Tú debes de ser Ettie, la hija de Enna y Shiros, ¿verdad?—me pregunta la vieja Pemba, haciendo que los muchachos concentren su atención en mí.
            Yo asiento esbozando una sonrisa. Me alivia pensar que, al menos, alguien sabía de mi existencia. La anciana pone su mano sobre mi hombro y me invita a pasar. Los otros chicos entran junto a Peter y se tiran en unos cojines en cuanto han cerrado la puerta. Uno de ellos me ha cogido del brazo y he terminado aplastándome contra su pecho. Cuando veo que se trata de Peter, no puedo hacer nada que no sea sonreírle y soltar una pequeña carcajada nerviosa. Su sola presencia me pone bastante nerviosa, aunque no consigo comprender por qué, y noto un ligero rubor en mis mejillas. Otra vez esa sensación. Ambos nos colocamos tumbados boca abajo, abrazados al cojín.
            La vieja Pemba que, al parecer se había marchado, entra con unos zumos y unos dulces de bayas. Los deja en una mesa que hay en la parte central de la habitación, y se deja caer en un sillón, produciendo un pequeño gemido. Como era de esperar, me piden que les cuente todo lo que me ha ocurrido hoy, y yo lo hago. Mientras tanto, voy dirigiendo miradas a cada uno de los otros cuatro chicos: el más joven de ellos se parece bastante a Peter, con su pelo rubio y su tez clara, se llama Jack; dos de ellos son gemelos y solo se distinguen en el largo del pelo, su piel es oscura, al igual su cabello y ojos, Kepa y Tot; el último de ellos, tiene los ojos rasgados y el pelo negro, Shen.
            Al acabar de contar la historia, lo primero que hace la anciana es pedirme que me acerque. Me quita la venda de la cabeza y examina la herida. Dice que no es muy grave y que en unos días habrá cicatrizado. Después hace lo mismo con mi muñeca. Yo me muerdo el labio mientras la toca. En este caso, la ha vuelto a vendar y me la ha sujetado con un pañuelo al cuello para que no la mueva, mientras hacía burla a las curanderas que tenemos en Sermaye por su habilidad desempeñando el oficio.
            Todos los niños se han quedado dormidos, a excepción de Peter, aunque no creo que deba tratarle como a uno porque está claro que ya o lo es y que, con toda probabilidad, nunca haya podido serlo. Sin embargo, no quiero pensar en ello.
            La vieja Pemba me acompaña junto a Peter a una de las habitaciones del piso de arriba y cierra la puerta. La estancia no es muy grande y está iluminada por varias antorchas. No hay muchos muebles: un cajón con heno, que deduzco que debe de ser la cama, sobre el que hay dos mantas de lana; una mesa con un cuenco con agua; y, colgado en la pared junto a unas espadas, un dibujo sobre el que está escrito la palabra «Mapamundi».
            La anciana sigue hablando con Peter. En cuanto he visto la imagen, todo lo demás ha perdido importancia. Estoy convencida de que lo he visto en el dormitorio de mi abuela, aunque con menos dibujos y colores y sobre él estaba escrito «Kadinlar». Sin embargo, tengo la sensación de que el mundo antiguo era mucho más bello que esto.
            —Tú también prefieres el mundo que había en la antigua era, ¿verdad?—me pregunta la vieja Pemba sentándose al borde del cajón.
            —Supongo que sí—respondo, encogiéndome de hombros.
            —¡Y tú qué sabes! Vuestra sociedad lleva intentando borrar las marcas de La Costilla de Eva desde hace más de quinientos años y, por mucho que intentéis culparnos a los varones de ello, sabéis que las únicas responsables sois vosotras y que nuestra sangre jamás borrará el rastro de vuestros errores—interviene Peter escupiendo cada una de las palabras con desprecio, alzando cada vez más la voz.
            —No sé de qué hablas. Jamás he oído hablar de algo llamado La Costilla de Eva—contesto, furiosa.
            —A pesar de todo, ¡eres igual a las demás! ¡No quieres saber nada!—dice, antes de salir precipitadamente de la habitación dando un portazo.
            Dirijo la vista hacia la vieja Pemba, que me indica que me siente.
            —Tú no tienes la culpa—me dice—, no pediste nacer en esta era, ninguno lo pedimos. Pero tienes que entender a Peter; ha sufrido mucho por culpa de los errores de nuestras antepasadas.
            —¡Y me tiene que juzgar a mí, que durante toda mi vida se me ha ocultado todo lo referente a la antigua era!—exclamo.
            —Pues ya es hora de que lo sepas: todo empezó durante la tercera guerra mundial que asedió el mundo durante el 2100. Los países de occidente se enfrentaban a una fuerza extremista y radical surgida al este del planeta. Cada día había más muertes y la población mundial diezmó considerablemente. Las más afectadas fueron las niñas y las mujeres que, a pesar de la igualdad que existía entre ambos sexos en el bando occidental, eran secuestradas y asesinadas en ambos grupos.
            »Mientras el mundo se veía sacudido por una brutal guerra, considerada como un problema de hombres, un pequeño grupo de chicas de entre dieciocho y veinte años se habían congregado en las catacumbas de la ciudad de Roma, lo que hoy se conoce como Sermaye, para intentar cambiar el mundo. Se hicieron llamar La Costilla de Eva. Al principio, La Costilla de Eva protestó pacíficamente contra los crímenes cometidos a las mujeres de ambos bandos, pero nadie las escuchó, por lo que optaron por armarse y crear una banda criminal que atentaba en lugares transitados y que, poco a poco se radicalizó y fue ganando adeptas y armamento cada vez más poderoso. Al llegar el fin de la guerra, en el 2110, ya eran más de un millón, y, para cuando los estados comenzaron a tomarse en serio la gran amenaza que había surgido de la nada, ya era muy tarde porque, en las entrañas de donde alguna vez tan solo había habido un grupo de jóvenes que intentaban buscar la paz, se hallaba un almacén de bombas nucleares capaces de volar un continente y ocultarlo bajo sus cenizas.
            »La Costilla de Eva logró someter al mundo con tan solo una bomba, pero eso no le pareció suficiente. Pretendían reconstruir la Tierra por ellas mismas y, por encima de todo, pretendían hacerles pagar a los hombres todos los males sufridos desde el amanecer de los tiempos. Para ello cogieron todos los inventos y descubrimientos realizados por varones y los lanzaron a América, junto con las bombas sobrantes, que estallaron y volaron en mil pedazos el continente junto con las personas que habitaban en él, dejando como restos de aquella barbarie una neblina verdosa que, a día de hoy, todavía puede verse. Ese hecho marcó el final de la antigua era y el comienzo de una nueva en la que, todo el mundo se convirtió en un solo imperio, Kadinlar que, desde entonces, fue gobernado con mano de hierro por el Consejo, compuesto por las fundadoras de la Costilla de Eva. El Consejo creó los sacrificios a esa «diosa madre Isthar» algunos años después de haber eliminado la convivencia entre ambos sexos para asegurarse de que no hubiera levantamientos.
          La vieja Pemba ya ha terminado su historia y yo no sé qué decir. El tan solo pensar que desciendo de unas asesinas me revuelve las entrañas. Ella está esperando una respuesta o algún tipo de reacción por mi parte. No sé qué hacer así que me limito a formular una pregunta sencilla:
             —¿Por qué?
            —La sed de venganza puede cambiar a las mejores personas—responde la anciana mientras me deja en la habitación sola.
            Me hago un ovillo, cubierta por una de las mantas, y me apoyo en la pared. Estoy muy cansada y, pese a mis intentos por permanecer despierta, termina venciéndome el sueño. 


CONTINUARÁ...

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